No hay opción entre mis hijos y
yo, no tengo ninguna alternativa, no hay desvíos, no existen espacios, no puedo
perder ni el foco, ni la atención, no es opcional, “es mandatorio” dice mi alma
cada día.
Hay muchísimos momentos plenos,
llenos de alegría, de abrazarnos, de jugar, tengo la dicha de ver y observar
toda la sutileza y torpeza en sus movimientos, puedo observar el cariño y amor
que se profesan con cada gesto, cuando se defienden, cuando pelean, cuando se
disculpan, cuando se regalan muecas desde el living al comedor, desde una pieza
a la otra pieza, cuando corren de una pieza a la otra para saltar encima del
otro, cuando uno le reclama al otro porque estaba comiendo sólo y el otro sólo
atina a ofrecer. Cuando uno se acerca al otro y lo abraza de sorpresa y el otro
sólo sonríe y me mira en éxtasis.
Esos son mis nenes, querendones,
llenos de amor y bondad, esa es la parte ideal de mis Marin Pereira.
También tenemos enfrentamientos
crudos, de enojos, de mil caras desagradables, de aguantarse las ganas de
mandarme – como decía mi abuela - a freír monos al África. Tenemos discusiones
y cuestionamientos, muchas veces no están de acuerdo conmigo, algunas veces
callan y otras veces defienden sus ideas desde sus trincheras, muchas veces no
tengo nada que rebatir, pero lo hago porque soy llevado a mis ideas, los
castigo sin dejarlos salir a la calle, entrándose temprano, los reto y trato de
tocarles la fibra, a veces resulta y otras veces no, pero así es la crianza y
mi labor de ser el viejo desagradable y ogro. Soy taimado, me cuesta controlar
mi enojo, no puedo cambiar mi estado de ánimo muy rápido, soy muchas veces duro
al decir las cosas, son mis defectos y trato de mejorarlos, pero cada día
cuesta más. Muchas veces me atemorizo por cosas que puedan hacer y como quiero
que todo sea perfecto, me paso de la raya y luego tengo que devolverme y acércame
a ellos humilde, tranquilo, con el corazón en la mano, no hay otra forma. Con
mis nenes no hay fórmulas estrictas, no hay un checklist, no hay recetas a
seguir, ellos necesitan adaptación, someterse al cambio y todo lo que ello
involucra.
Por esto y mil cosas más amo cada momento con
mi Isidora y mi Lucas, amo cada enojo, amo cada error que cometen porque me dan
la oportunidad de estar con ellos, de abrazarlos, de consolarlos, de animarlos,
amo que se equivoquen y vean sus errores, amo que aprendan de la vida, amo que
me digan que tienen todo los necesario en su corazón, que nada más importa, amo
que uno llore por la tristeza del otro, amo cada abrazo sorpresa que me dan,
amo sus miradas hacia su mamá, amo que disfruten el arroz con atún, amo que les
guste acostarse con nosotros a pesar de estar apretados y muertos de calor, amo
sus emociones, amo el universo paralelo que generamos cuando estamos en casa
almorzando, desayunando, cuando vemos películas fomes, amo cada detalle de mis
nenes, cada segundo, amo que se refugien en su mamá cuando estoy en modo ogro,
amo que mi Pereira los defienda como leona y me rete en silencio.








